La Celestina

La Celestina

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PÁRMENO.- Ninguno podrá negar lo que

por sí se muestra. Manifiesto es que con ver-

güença el vno del otro, por no ser odiosamente

acusado de couarde, esperáramos aquí la muer-

te con nuestro amo, no siendo más de él mere-

cedor della.

SEMPRONIO.- Salido deue auer Melibea. Es-

cucha, que hablan quedito.

PÁRMENO.- ¡O cómo temo que no sea ella,

sino alguno que finja su voz!

SEMPRONIO.- Dios nos libre de traydores,

no nos ayan tomado la calle por do tenemos de

huyr; que de otra cosa no tengo temor.

CALISTO.- Este bullicio más de vna persona

lo haze. Quiero hablar, sea quien fuere. ¡Ce,

señora mía!

LUCRECIA.- La voz de Calisto es ésta. Quie-

ro llegar. ¿Quién habla? ¿Quién está fuera?

CALISTO.- Aquel que viene a cumplir tu

mandado. [88]

LUCRECIA.- ¿Por qué no llegas, señora? Lle-

ga sin temor acá, que aquel cauallero está aquí.

MELIBEA.- ¡Loca, habla passo! Mira bien si es

él.

LUCRECIA.- Allégate, señora, que sí es, que

yo le conozco en la voz.

CALISTO.- Cierto soy burlado: no era Meli-


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