La Celestina

La Celestina

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bea la que me habló. ¡Bullicio oygo, perdido

soy! Pues viua o muera, que no he de yr de

aquí.

MELIBEA.- Vete, Lucrecia, acostar vn poco.

¡Ce, señor! ¿Cómo es tu nombre? ¿Quién es el

que te mandó ay venir?

CALISTO.- Es la que tiene merecimiento de

mandar a todo el mundo, la que dignamente

seruir yo no merezco. No tema tu merced de se

descobrir a este catiuo de tu gentileza: que el

dulce sonido de tu habla, que jamás de mis oy-

dos se cae, me certifica ser tú mi señora Meli-

bea. Yo soy tu sieruo Calisto.

MELIBEA.- La sobrada osadía de tus mensa-

jes me ha forçado a hauerte de hablar, señor

Calisto. Que hauiendo hauido de mí la passada

respuesta a tus razones, no sé qué piensas más

sacar de mi amor, de lo que entonces te mostré.

Desuía estos vanos e locos pensamientos de ti,

porque mi honrra e persona estén sin detrimen-

to de mala sospecha seguras. A esto fue aquí mi

venida, a dar concierto en tu despedida [89] e

mi reposo. No quieras poner mi fama en la ba-

lança de las lenguas maldezientes.

CALISTO.- A los coraçones aparejados con

apercibimiento rezio contra las aduersidades


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