La Celestina
La Celestina ninguna puede venir, que passe de claro en
claro la fuerça de su muro. Pero el triste que,
desarmado e sin proueer los engaños e celadas,
se vino a meter por las puertas de tu seguridad,
qualquiera cosa, que en contrario vea, es razón
que me atormente e passe rompiendo todos los
almazenes en que la dulze nueua estaua apo-
sentada. ¡O malauenturado Calisto! ¡O quan
burlado has sido de tus siruientes! ¡O engañosa
muger Celestina! ¡Dejárasme acabar de morir e
no tornaras a viuificar mi esperança, para que
tuuiese más que gastar el fuego que ya me
aquexa! ¿Por qué falsaste la palabra desta mi
señora? ¿Por qué has assí dado con tu lengua
causa a mi desesperación? ¿A qué me mandaste
aquí venir, para que me fuese mostrado el dis-
fauor, el entredicho, la desconfiança, el odio,
por la mesma boca desta que tiene las llaues de
mi perdición e gloria? ¡O enemiga! ¿E tú [90] no
me dixiste que esta mi señora me era fauorable?
¿No me dixiste que de su grado mandaua venir
este su catiuo al presente lugar, no para me
desterrar nueuamente de su presencia, pero
para alçar el destierro, ya por otro su manda-
miento puesto ante de agora? ¿En quién fallaré
yo fe? ¿Adónde ay verdad? ¿Quién carece de