La Celestina
La Celestina engaño? ¿Adónde no moran falsarios? ¿Quién
es claro enemigo? ¿Quién es verdadero amigo?
¿Dónde no se fabrican trayciones? ¿Quién osó
darme tan cruda esperança de perdición?
MELIBEA.- Cesen, señor mío, tus verdaderas
querellas: que ni mi coraçón basta para lo sofrir
ni mis ojos para lo dissimular. Tú lloras de tris-
teza, juzgándome cruel; yo lloro de plazer,
viéndote tan fiel. ¡O mi señor e mi bien todo!
¡Quánto más alegre me fuera poder ver tu haz,
que oyr tu voz! Pero, pues no se puede al pre-
sente más fazer, toma la firma e sello de las
razones, que te embié escritas en la lengua de
aquella solícita mensajera. Todo lo que te dixo
confirmo, todo lo he por bueno. Limpia, señor,
tus ojos, ordena de mí a tu voluntad.
CALISTO.- ¡O señora mía, esperança de mi
gloria, descanso e aliuio de mi pena, alegría de
mi coraçón! ¿Qué lengua será bastante para te
dar yguales gracias a la sobrada e incomparable
[91] merced, que en este punto, de tanta con-
goxa para mí, me has quesido hazer en querer
que vn tan flaco e indigno hombre pueda gozar
de tu suauíssimo amor? Del qual, avnque muy
desseoso, siempre me juzgaua indigno, miran-
do tu grandeza, considerando tu estado, remi-
rando tu perfeción, contemplando tu gentileza,