La Celestina
La Celestina acatando mi poco merescer e tu alto meresci-
miento, tus estremadas gracias, tus loadas e
manifiestas virtudes. Pues, ¡o alto Dios!, ¿cómo
te podré ser ingrato, que tan milagrosamente
has obrado comigo tus singulares marauillas?
¡O quántos días antes de agora passados me fue
venido este pensamiento a mi coraçón e por
impossible le rechaçaua de mi memoria, hasta
que ya los rayos ylustrantes de tu muy claro
gesto dieron luz en mis ojos, encendieron mi
coraçón, despertaron mi lengua, estendieron mi
merecer, acortaron mi couardía, destorcieron
mi encogimiento, doblaron mis fuerças, desa-
dormescieron mis pies e manos, finalmente, me
dieron tal osadía, que me han traydo con su
mucho poder a este sublimado estado en que
agora me veo, oyendo de grado tu suaue voz.
La qual, si ante de agora no conociese e no sin-
tiesse tus saludables olores, no podría creer que
careciessen de engaño tus palabras. Pero, como
soy cierto de tu limpieza de sangre e fechos,
[92] me estoy remirando si soy yo Calisto, a
quien tanto bien se le haze.
MELIBEA.- Señor Calisto, tu mucho merecer,
tus estremadas gracias, tu alto nascimiento han
obrado que, después que de ti houe entera noti-
cia, ningún momento de mi coraçón te parties-