La Celestina
La Celestina ses. E avnque muchos días he pugnado por lo
dissimular, no he podido tanto, que, en tornán-
dome aquella muger tu dulce nombre a la me-
moria, no descubriesse mi desseo e viniesse a
este lugar e tiempo, donde te suplico ordenes e
dispongas de mi persona segund querrás. Las
puertas impiden nuestro gozo, las quales yo
maldigo e sus fuertes cerrojos e mis flacas fuer-
ças, que ni tú estarías quexoso ni yo desconten-
ta.
CALISTO.- ¿Cómo, señora mía, e mandas que
consienta a vn palo impedir nuestro gozo?
Nunca yo pensé que demás de tu voluntad lo
pudiera cosa estoruar. ¡O molestas e enojosas
puertas! Ruego a Dios que tal huego os abrase,
como a mí da guerra: que con la tercia parte
seríades en vn punto quemadas. Pues, por
Dios, señora mía, permite que llame a mis cria-
dos para que las quiebren.
PÁRMENO.- ¿No oyes, no oyes, Sempronio?
A [93] buscarnos quiere venir para que nos den
mal año. No me agrada cosa esta venida. ¡En
mal punto creo que se empeçaron estos amores!
Yo no espero más aquí.
SEMPRONIO.- Calla, calla, escucha, que ella
no consiente que vamos allá.
MELIBEA.- ¿Quieres, amor mío, perderme a