La Celestina
La Celestina mí e dañar mi fama? No sueltes las riendas a la
voluntad. La esperança es cierta, el tiempo
breue, quanto tú ordenares. E pues tú sientes tu
pena senzilla e yo la de entramos, tu solo dolor,
yo el tuyo e el mío, conténtate con venir maña-
na a esta hora por las paredes de mi huerto.
Que si agora quebrasses las crueles puertas,
avnque al presente no fuessemos sentidos,
amanescería en casa de mi padre terrible sospe-
cha de mi yerro. E pues sabes que tanto mayor
es el yerro, quanto mayor es el que yerra, en vn
punto será por la cibdad publicado.
SEMPRONIO.- ¡Enoramala acá esta noche
venimos! Aquí nos ha de amanescer, según el
espacio, que nuestro amo lo toma. Que, avnque
más la dicha nos ayude, nos han en tanto tiem-
po de sentir de su casa o vezinos. [94]
PÁRMENO.- Ya ha dos horas, que te requiero
que nos vamos, que no faltará vn achaque.
CALISTO.- ¡O mi señora e mi bien todo! ¿Por
qué llamas yerro aquello, que por los sanctos
de Dios me fue concedido? Rezando oy ante el
altar de la Madalena, me vino con tu mensaje
alegre aquella solícita muger.
PÁRMENO.- ¡Desuariar, Calisto, desuariar!
Por fe tengo, hermano, que no es cristiano. Lo
que la vieja traydora con sus pestíferos hechi-