La Celestina

La Celestina

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yuan dando en estas espaldas golpes. En mi

vida me acuerdo hauer tan gran temor ni ver-

me en tal afrenta, avnque he andado por casas

agenas harto tiempo e en lugares de harto tra-

bajo. Que nueue años seruí a los frayles de

Guadalupe, que mill vezes nos apuñeauamos

yo e otros. Pero nunca como esta vez houe

miedo de morir.

SEMPRONIO.- ¿E yo no seruí al cura de Sant

Miguel e al mesonero de la plaça e a Mollejar, el

ortelano? E también yo tenía mis questiones con los

que tirauan piedras a los páxaros, que assentauan en

vn álamo grande que tenía, porque dañauan la orta-

liza. Pero guárdete Dios de verte con armas,

que aquel es el verdadero temor. No en balde

dizen: cargado de hierro e cargado [97] de mie-

do. Buelue, buelue, que el aguazil es, cierto.

MELIBEA.- Señor Calisto, ¿qué es esso que en

la calle suena? Parescen vozes de gente, que

van en huyda. Por Dios, mírate, que estás a

peligro.

CALISTO.- Señora, no temas, que a buen se-

guro vengo. Los míos deuen de ser, que son

unos locos e desarman a quantos passan e huy-

ríales alguno.

MELIBEA.- ¿Son muchos los que traes?

CALISTO.- No, sino dos; pero, avnque sean


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