La Celestina

La Celestina

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presencia. Mi venida será, como ordenaste, por

el huerto.

MELIBEA.- Assí sea e vaya Dios contigo.

PLEBERIO.- Señora muger, ¿duermes?

ALISA.- Señor, no.

PLEBERIO.- ¿No oyes bullicio en el retrai-

miento de tu hija?

ALISA.- Sí oyo. ¡Melibea! ¡Melibea!

PLEBERIO.- No te oye; yo la llamaré más re-

zio. ¡Hija mía Melibea!

MELIBEA.- ¡Señor!

PLEBERIO.- ¿Quién da patadas e haze bulli-

cio en tu cámara?

MELIBEA.- Señor, Lucrecia es, que salió por

vn jarro de agua para mí, que hauía gran sed.

PLEBERIO.- Duerme, hija, que pensé que era

otra cosa. [99]

LUCRECIA.- Poco estruendo los despertó.

Con gran pauor hablauan.

MELIBEA.- No ay tan manso animal, que con

amor o temor de sus hijos no asperece. Pues

¿qué harían, si mi cierta salida supiessen?

CALISTO.- Cerrad essa puerta, hijos. E tú,

Pármeno, sube vna vela arriba.

SEMPRONIO.- Deues, señor, reposar e dor-

mir esto que queda d' aquí al día.

CALISTO.- Plázeme, que bien lo he menester.


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