La Celestina
La Celestina ¿Qué te parece, Pármeno, de la vieja, que tú me
desalabauas? ¿Qué obra ha
salido de sus manos? ¿Qué fuera hecha sin
ella?
PÁRMENO.- Ni yo sentía tu gran pena ni co-
noscía la gentileza e merescimiento de Melibea
e assí no tengo culpa. Conoscía a Celestina e
sus mañas. Auisáuate como a señor; pero ya me
parece que es otra. Todas las ha mudado.
CALISTO.- ¿E cómo mudado?
PÁRMENO.- Tanto que, si no lo ouiesse visto,
no lo creería; mas assí viuas tú como es verdad.
CALISTO.- ¿Pues aués oydo lo que con aque-
lla mi señora he passado? ¿Qué hazíades? ¿Te-
níades temor?
SEMPRONIO.- ¿Temor, señor, o qué? Por
cierto, [100] todo el mundo no nos le hiziera
tener. ¡Fallado auías los temerosos! Allí estoui-
mos esperándote muy aparejados e nuestras
armas muy a mano.
CALISTO.- ¿Aués dormido algún rato?
SEMPRONIO.- ¿Dormir, señor? ¡Dormilones
son los moços! Nunca me assenté ni avn junté
por Dios los pies, mirando a todas partes para,
en sintiendo porqué, saltar presto e hazer todo
lo que mis fuerças me ayudaran. Pues Párme-
no, que te parecía que no te seruía hasta aquí de