La Celestina

La Celestina

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pudiesse con mis pocas fuerças, jamás te falta-

ría, e que, si Dios me diesse buena manderecha

con tu amo, que tú no perderías nada. Pues ya

sabes, Sempronio, que estos ofrescimientos,

estas palabras [105] de buen amor no obligan.

No ha de ser oro quanto reluze; si no más bara-

to valdría. ¿Dime, estoy en tu coraçón, Sempro-

nio? Verás si, avnque soy vieja, si acierto lo que

tú puedes pensar. Tengo, hijo, en buena fe, más

pesar, que se me quiere salir esta alma de enojo.

Di a esta loca de Elicia, como vine de tu casa, la

cadenilla, que traxe para que se holgasse con

ella e no se puede acordar donde la puso. Que

en toda esta noche ella ni yo no auemos dormi-

do sueño de pesar. No por su valor de la cade-

na, que no era mucho; pero por su mal cobro

della e de mi mala dicha. Entraron vnos conos-

cidos e familiares míos en aquella sazón aquí:

temo no la ayan leuado, diziendo: si te vi, bur-

leme etc. Assí que, hijos, agora que quiero

hablar con entramos, si algo vuestro amo a mí

me dio, deués mirar que es mío; que de tu ju-

bón de brocado no te pedí yo parte ni la quiero.

Siruamos todos, que a todos dará, según viere

que lo merescen. Que si me ha dado algo, dos

vezes he puesto por [106] él mi vida al tablero.

Más herramienta se me ha embotado en su se-


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