La Celestina
La Celestina CALISTO.- ¡O angélica ymagen! ¡O preciosa
perla, ante quien el mundo es feo! ¡O mi señora
e mi gloria! En mis braços te tengo e no lo creo.
Mora en mi persona tanta turbación de [126]
plazer, que me haze no sentir todo el gozo, que
poseo.
MELIBEA.- Señor mío, pues me fié en tus
manos, pues quise complir tu voluntad, no sea
de peor condición por ser piadosa, que si fuera
esquiua e sin misericordia; no quieras perder-
me por tan breue deleyte e en tan poco espacio.
Que las malfechas cosas, después de cometidas,
más presto se pueden reprehender que emen-
dar. Goza de lo que yo gozo, que es ver e llegar
a tu persona; no pidas ni tomes aquello que,
tomado, no será en tu mano boluer. Guarte,
señor, de dañar lo que con todos tesoros del
mundo no se restaura.
CALISTO.- Señora, pues por conseguir esta
merced toda mi vida he gastado, ¿qué sería,
quando me la diessen, desechalla? Ni tú, seño-
ra, me lo mandarás ni yo podría acabarlo comi-
go. No me pidas tal couardía. No es fazer tal
cosa de ninguno, que hombre sea, mayormente
amando como yo. Nadando por este fuego de
tu desseo toda mi vida, ¿no quieres que me
arrime al dulce puerto a descansar de mis pas-