La Celestina
La Celestina sados trabajos?
MELIBEA.- Por mi vida, que avnque hable tu
lengua quanto quisiere, no obren las manos
quanto pueden. Está quedo, señor mío. Bástete,
pues ya soy tuya, gozar de lo esterior, desto [127]
que es propio fruto de amadores; no me quieras robar
el mayor don, que la natura me ha dado. Cata que
del buen pastor es propio tresquillar sus ouejas e ganado; pero no destruyrlo y estragarlo.
CALISTO.- ¿Para qué, señora? ¿Para que no
esté queda mi passión? ¿Para penar de nueuo?
¿Para tornar el juego de comienço? Perdona,
señora, a mis desuergonçadas manos, que ja-
más pensaron de tocar tu ropa con su indigni-
dad e poco merecer; agora gozan de llegar a tu
gentil cuerpo e lindas e delicadas carnes.
MELIBEA.- Apártate allá, Lucrecia.
CALISTO.- ¿Por qué, mi señora? Bien me
huelgo que estén semejantes testigos de mi glo-
ria.
MELIBEA.- Yo no los quiero de mi yerro. Si
pensara que tan desmesuradamente te auías de
hauer comigo, no fiara mi persona de tu cruel
conuersación.
SOSIA.- Tristán, bien oyes lo que passa. ¡En
qué términos anda el negocio!
TRISTÁN.- Oygo tanto, que juzgo a mi amo