La Celestina
La Celestina No piensen en estas vanidades ni en estos casamien-
tos: que más vale ser buena amiga que mala casada.
Déxenme gozar mi mocedad alegre, si quieren gozar
su vejez cansada; si no, presto podrán aparejar mi
perdición e su sepultura. No tengo otra lástima, sino
por el tiempo que perdà de no gozarlo, de no conos-
cerlo, después que a mà me sé conoscer. No quiero
marido, no quiero ensuziar los ñudos [160] del ma-
trimonio ni las maritales pisadas de ageno hombre
repisar, como muchas hallo en los antiguos libros
que ley o que hizieron más discretas que yo, más
subidas en estado e linaje. Las quales algunas eran
de la gentilidad tenidas por diosas, assà como Venus, madre de Eneas e de Cupido, el dios del amor, que
siendo casada corrompió la prometida fe marital. E
avn otras, de mayores fuegos encendidas, cometieron
[161] nefarios e incestuosos yerros, como Mirra con
su padre, SemÃramis con su hijo, Canasce con su
hermano e avn aquella forjada Thamar, hija del rey
Dauid. Otras avn más cruelmente traspassaron las
leyes de natura, como Pasiphe, muger del rey Minos,
con el toro. Pues reynas eran e grandes señoras,
debaxo de cuyas culpas la razonable mÃa podrá pas-
sar sin denuesto. Mi amor fue con justa causa. Re-
querida e rogada, catiuada de su merescimiento,
aquexada por tan astuta maestra como Celestina,