La Celestina

La Celestina

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seruida de muy peligrosas visitaciones, antes que

concediesse por entero en su amor. Y después vn

mes há, como has visto, que jamás noche ha faltado

sin ser nuestro huerto escalado como fortaleza e

muchas auer venido [162] em balde e por esso no me

mostrar más pena ni trabajo. Muertos por mí sus

seruidores, perdiéndose su hazienda, fingiendo ab-

sencia con todos los de la ciudad, todos los días ence-

rrado en casa con esperança de verme a la noche.

¡Afuera, afuera la ingratitud, afuera las lisonjas e el engaño con tan verdadero amador, que ni quiero

marido ni quiero padre ni parientes! Faltándome

Calisto, me falte la vida, la qual, porque él de mí

goze, me aplaze.

LUCRECIA .- Calla, señora, escucha, que todavía

perseueran.

PLEBERIO .- Pues, ¿qué te parece, señora muger?

¿Deuemos hablarlo a nuestra hija, deuemos darle

parte de tantos como me la piden, para que de su

voluntad venga, para que diga quál le agrada? Pues

en esto las leyes dan libertad a los hombres e muge-

res, avnque estén so el paterno poder, para elegir.

ALISA .- ¿Qué dizes? ¿En qué gastas tiempo?

¿Quién ha de yrle con tan grande nouedad a nuestra

Melibea, que no la espante? ¡Cómo! [163] ¿E pien-


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