La Celestina
La Celestina entiendes. E si sabe mucho la raposa, más el que la
toma. ContramÃnale sus malos pensamientos, escala
sus ruyndades, quando más segura la tengas, e can-
tarás después en tu establo: vno piensa el vayo e otro
el que lo ensilla.
SOSIA .- ¡O Tristán, discreto mancebo! Mucho
más me has dicho, que tu edad demanda. Astuta
sospecha has remontado e creo que verdadera. Pero,
porque ya llegamos al huerto e nuestro amo se nos
acerca, dexemos este cuento, que es muy largo, para
otro dÃa.
CALISTO .- Poned, moços, la escala e callad, que
me paresce que está hablando mi señora de dentro.
[191] Sobiré encima de la pared y en ella estaré es-
cuchando, por ver si oyré alguna buena señal de mi
amor en absencia.
MELIBEA .- Canta más, por mi vida, Lucrecia,
que me huelgo en oyrte, mientra viene aquel señor, e
muy passo entre estas verduricas, que no nos oyrán
los que passaren.
LUCRECIA .-
¡O quién fuesse la ortela-
na
de aquestas viciosas flo-
res,