La Celestina
La Celestina sabedme si ay otra amada
que lo detiene.
CALISTO .- Vencido me tiene el dulçor de tu
suaue canto; no puedo más suffrir tu penado espe-
rar. ¡O mi señora e mi bien todo! ¿Quál muger po-
día [194] auer nascida, que despriuasse tu gran me-
recimiento? ¡O salteada melodía! ¡O gozoso rato! ¡O
coraçón mío! ¿E cómo no podiste más tiempo sufrir
sin interrumper tu gozo e complir el desseo de en-
trambos?
MELIBEA .- ¡O sabrosa trayción! ¡O dulce sobre-
salto! ¿Es mi señor de mi alma? ¿Es él? No lo puedo
creer. ¿Dónde estauas, luziente sol? ¿Donde me
tenías tu claridad escondida? ¿Auía rato que escu-
chauas? ¿Por qué me dexauas echar palabras sin
seso al ayre, con mi ronca boz de cisne? Todo se goza
este huerto con tu venida. Mira la luna quán clara
se nos muestra, mira las nuues cómo huyen. Oye la
corriente agua desta fontezica., ¡quánto más suaue
murmurio su río lleua por entre las frescas yeruas!
Escucha los altos cipreses, ¡cómo se dan paz unos
ramos con otros por intercessión de vn templadico
viento que los menea! Mira sus quietas sombras,