La Celestina
La Celestina ¡quán escuras están e aparejadas para encobrir nues-
tro deleyte! Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnas-
te loca de plazer? Déxale, [195] no me le despedaces,
no le trabajes sus miembros con tus pesados abraços.
Déxame gozar lo que es mío, no me ocupes mi pla-
zer.
CALISTO .- Pues, señora e gloria mía, si mi vida
quieres, no cesse tu suaue canto. No sea de peor
condición mi presencia, con que te alegras, que mi absencia, que te fatiga.
MELIBEA .- ¿Qué quieres que cante, amor mío?
¿Cómo cantaré, que tu desseo era el que regía mi son
e hazía sonar mi canto? Pues conseguida tu venida,
desapareciose el desseo, destemplose el tono de mi
boz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía e
buena criança, ¿cómo mandas a mi lengua hablar e
no a tus manos que estén quedas? ¿Por qué no olui-
das estas mañas? Mándalas estar sossegadas e dexar
su enojoso vso e conuersación incomportable. Cata,
ángel mío, que assí como me es agradable tu vista
sossegada, me es enojoso tu riguroso trato; tus