La Celestina

La Celestina

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donde quiera se da por dinero, en cada tiempo se

puede auer e qualquiera lo puede alcançar; pero lo no

vendible, lo que en toda la tierra no ay ygual que en

este huerto, ¿cómo mandas que se me passe ningún

momento que no goze?

LUCRECIA .- (Aparte.) Ya me duele a mí la ca-

beça [197] d' escuchar e no a ellos de hablar ni los

braços de retoçar ni las bocas de besar. ¡Andar!, ya callan: a tres me parece que va la vencida.

CALISTO.- Jamás querría, señora, que amanecies-

se, según la gloria e descanso que mi sentido recibe

de la noble conuersación de tus delicados miembros.

MELIBEA .- Señor, yo soy la que gozo, yo la que

gano; tú, señor, el que me hazes con tu visitación

incomparable merced.

SOSIA .- ¿Assí, vellacos, rufianes, veníades a

asombrar a los que no os temen? Pues yo juro que si

esperárades, que yo os hiziera yr como merecíades.

CALISTO .- Señora, Sosia es aquel que da bozes.

Déxame yr a valerle, no le maten, que no está sino

vn pajezico con él. Dame presto mi capa, que está

debaxo de ti.

MELIBEA .- ¡O triste de mi ventura! No vayas

allá sin tus coraças; tórnate a armar. [198]

CALISTO .- Señora, lo que no haze espada e capa e


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