La Celestina
La Celestina bras a los varones, que puede vn gran dolor
sacaros del mundo sin lo sentir o a lo menos
perdeys el sentido, que es parte de descanso. ¡O
duro coraçón de padre! ¿Cómo no te quiebras
de dolor, que ya quedas sin tu amada herede-
ra? ¿Para quien edifiqué torres? [218] ¿Para
quien adquirí honrras? ¿Para quien planté ár-
boles? ¿Para quien fabriqué nauíos? ¡O tierra
dura!, ¿cómo me sostienes? ¿Adonde hallará
abrigo mi desconsolada vegez? ¡O fortuna va-
riable, ministra e mayordoma de los temporales
bienes!, ¿por qué no executaste tu cruel yra, tus
mudables ondas, en aquello que a ti es subjeto?
¿Por qué no destruyste mi patrimonio? ¿Por
qué no quemaste mi morada? ¿Por qué no aso-
laste mis grandes heredamientos? Dexárasme
aquella florida planta, en quien tú poder no
tenías; diérasme, fortuna flutuosa, triste la mo-
cedad con vegez alegre, no peruertieras la or-
den. Mejor sufriera persecuciones de tus enga-
ños en la rezia e robusta edad, que no en la fla-
ca postremería.
¡O vida de congoxas llena, de miserias acom-
pañada! ¡O mundo, mundo! Muchos mucho de
ti dixeron, muchos en tus qualidades metieron
la mano, a diuersas cosas por oydas te compa-
raron; yo por triste esperiencia lo contaré, como