La Celestina
La Celestina mantengas tus vanos prometimientos. Corre-
mos por los prados de tus viciosos vicios, muy
descuydados, a rienda suelta; descúbresnos la
celada, quando ya no ay lugar de boluer. Mu-
chos te dexaron con temor de tu arrebatado
dexar: bienauenturados se llamarán, quando
vean el galardón, que a este triste viejo as dado
en pago de tan largo seruicio. Quiébrasnos el
ojo e vntasnos [221] con consuelos el caxco.
Hazes mal a todos, porque ningún triste se
halle solo en ninguna aduersidad, diziendo que
es aliuio a los míseros, como yo, tener compa-
ñeros en la pena. Pues desconsolado viejo, ¡qué
solo estoy!
Yo fui lastimado sin hauer ygual compañero
de semejante dolor; avnque más en mi fatigada
memoria rebueluo presentes e passados. Que si
aquella seueridad e paciencia de Paulo Emilio
[222] me viniere a consolar con pérdida de dos
hijos muertos en siete días, diziendo que su
animosidad obró que consolasse él al pueblo
romano e no el pueblo a él, no me satisfaze, que
otros dos le quedauan dados en adobción. ¿Qué
compañía me ternán en mi dolor aquel Pericles,
capitán ateniense, ni el fuerte Xenofón, pues
sus pérdidas fueron de hijos absentes de sus
tierras? Ni fue mucho no mudar su frente e