La Celestina

La Celestina

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tenerla serena e el otro responder al mensajero,

que las tristes albricias de la muerte de su hijo

le venía a pedir, que no recibiesse él pena, que

él no sentía pesar. Que todo esto bien diferente

es a mi mal.

Pues menos podrás dezir, mundo lleno de

males, que fuimos semejantes en pérdida aquel

Anaxágoras e yo, que seamos yguales en sentir

e que responda yo, muerta mi amada hija, lo

que el su vnico hijo, que dijo: como yo fuesse

mortal, sabía que hauía de morir el que yo en-

gendraua. Porque mi Melibea mató a sí misma

[223] de su voluntad a mis ojos con la gran fati-

ga de amor, que la aquexaba; el otro matáronle

en muy lícita batalla. ¡O incomparable pérdida!

¡O lastimado viejo! Que quanto más busco con-

suelos, menos razón fallo para me consolar.

Que, si el profeta e rey Dauid al hijo, que en-

fermo lloraua, muerto no quiso llorar, diziendo

que era quasi locura llorar lo irrecuperable,

quedáuanle otros muchos con que soldase su

llaga; e yo no lloro triste a ella muerta, pero la

causa desastrada de su morir. Agora perderé

contigo, mi desdichada hija, los miedos e temo-

res, que cada día me espauorecían: sola tu

muerte es la que a mí me haze seguro de sospe-


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