La Celestina
La Celestina Haz, Sempronio, que no lo oyes. Escucha e
déxame hablar lo que a ti e a mí me conuiene.
SEMPRONIO.- Habla.
CELESTINA.- No me congoxes ni me impor-
tunes, que sobrecargar el cuydado es aguijar al
animal congoxoso. Assí sientes la pena de tu
amo Calisto, que parece que tú eres él e él tú e
que los tormentos son en vn mismo subjecto.
Pues cree que yo no vine acá por dexar este
pleyto indeciso o morir en la demanda.
CALISTO.- Pármeno, detente. ¡Ce! Escucha
qué hablan estos. Veamos en qué viuimos. ¡O
notable muger! ¡O bienes mundanos, indignos
de ser poseydos de tan alto coraçón! ¡O fiel e
verdadero Sempronio! ¿Has visto, mi Pármeno?
[89] ¿Oyste? ¿Tengo razón? ¿Qué me dizes,
rincón de mi secreto e consejo e alma mía?
PÁRMENO.- Protestando mi innocencia en la
primera sospecha e cumpliendo con la fideli-
dad, porque te me concediste, hablaré. Oyeme e
el afecto no te ensorde ni la esperança del de-
leyte te ciegue. Tiémplate e no te apresures: que
muchos con codicia de dar en el fiel, yerran el
blanco. Avnque soy moço, cosas he visto asaz e
el seso e la vista de las muchas cosas demues-
tran la experiencia. De verte o de oyrte descen-