La Celestina
La Celestina nidad de mi persona lo embarga. Dende aquí
adoro la tierra que huellas e en lo reuerencia
tuya beso.
CELESTINA.- Sempronio, ¡de aquellas viuo
yo! ¡Los huessos, que yo soy, piensa este necio
de tu amo de darme a comer! Pues ál le sueño.
Al freyr lo verá. Dile que cierre la boca e co-
mience [92] abrir la bolsa: que de las obras du-
do, quanto más de las palabras. Xo que te es-
triego, asna coxa. Más hauías de madrugar.
PÁRMENO.- ¡Guay de orejas, que tal oyen!
Perdido es quien tras perdido anda. ¡O Calisto
desauenturado, abatido, ciego! ¡E en tierra está
adorando a la más antigua e puta tierra, que
fregaron sus espaldas en todos los burdeles!
Deshecho es, vencido, es, caydo es: no es capaz
de ninguna redención ni consejo ni esfuerço.
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CALISTO.- ¿Qué dezía la madre? Parésceme
que pensaua que le ofrescía palabras por escu-
sar galardón.
SEMPRONIO.- Assí lo sentí.
CALISTO. Pues ven comigo: trae las llaues,
que yo sanaré su duda.
SEMPRONIO.- Bien farás e luego vamos. Que
no se deue dexar crescer la yerua entre los pa-
nes ni la sospecha en los coraçones de los ami-