La Celestina
La Celestina gos; sino alimpiarla luego con el escardilla de
las buenas obras.
CALISTO.- Astuto hablas. Vamos e no tar-
demos.
CELESTINA.- Plázeme, Pármeno, que haue-
mos auido oportunidad para que conozcas el
amor mío contigo e la parte que en mi immérito
tienes. E digo immérito, por lo que te he oydo
dezir, de que no hago caso. Porque virtud nos
amonesta sufrir las tentaciones e no dar mal
por mal; e especial, quando somos tentados por
moços e no bien instrutos en lo mundano, en
que con necia lealtad pierdan a sí e a sus amos,
como agora tú a Calisto. Bien te oy e no pienses
que [94] el oyr con los otros exteriores sesos mi
vejez aya perdido. Que no solo lo que veo, oyo
e conozco; mas avn lo intrínsico con los intellec-
tuales ojos penetro. Has de saber, Pármeno, que
Calisto anda de amor quexoso. E no lo juzgues
por eso por flaco, que el amor imperuio todas
las cosas vence. E sabe, si no sabes, que dos
conclusiones son verdaderas. La primera, que
es forçoso el hombre amar a la muger e la mu-
ger [95] al hombre. La segunda, que el que ver-
daderamente ama es necessario que se turbe
con la dulçura del soberano deleyte, que por el
hazedor de las cosas fue puesto, porque el lina-