La Celestina
La Celestina je de los hombres perpetuase, sin lo qual peres-
cería. E no solo en la humana especie; mas en
los pesces, en las bestias, en las aues, en las rep-
tilias y en lo vegetatiuo, algunas plantas han
este respeto, si sin interposición de otra cosa en
poca distancia de tierra están puestas, en que
ay so determinación de heruolarios e agriculto-
res, ser machos e hembras. ¿Qué dirás a esto,
Pármeno? ¡Neciuelo, loquito, angelico, perlica,
simplezico! ¿Lobitos en tal gestico? Llegate acá,
putico, que no sabes nada del mundo ni de sus
deleytes. ¡Mas rauia mala me mate, si te llego a
mí, avnque vieja! Que la voz tienes ronca, las
barbas te apuntan. Mal sosegadilla deues tener
la punta de la barriga. [96]
PÁRMENO.- ¡Como cola de alacrán!
CELESTINA.- E avn peor: que la otra muerde
sin hinchar e la tuya hincha por nueue meses.
PÁRMENO.- ¡Hy!, ¡hy!, ¡hy!
CELESTINA.- ¿Ríeste, landrezilla, fijo?
PÁRMENO.- Calla, madre, no me culpes ni
me tengas, avnque moço, por insipiente. Amo a
Calisto, porque le deuo fidelidad, por criança,
por beneficios, por ser dél honrrado e bientra-
tado, que es la mayor cadena, que el amor del
seruidor al seruicio del señor prende, quanto lo
contrario aparta. Véole perdido e no ay cosa