La Celestina
La Celestina otros tantos besos. Acuérdaste, quando dormí-
as a mis pies, loquito? [99]
PÁRMENO.- Sí, en buena fe. E algunas vezes,
avnque era niño, me subías a la cabeçera e me
apretauas contigo e, porque olías a vieja, me
fuya de ti.
CELESTINA.- ¡Mala landre te mate! ¡E cómo
lo dize el desuergonçado! Dexadas burlas e
pasatiempos, oye agora, mi fijo, e escucha. Que,
avnque a vn fin soy llamada, a otro so venida e
maguera que contigo me aya fecho de nueuas,
tú eres la causa. Hijo, bien sabes cómo tu ma-
dre, que Dios aya, te me dio viuiendo tu padre.
El qual, como de mí te fueste, con otra ansia no
murió, sino con la incertedumbre de tu vida e
persona. Por la qual absencia algunos años de
su vejez sufrió angustiosa e cuydosa vida. E al
tiempo que della passó, embió por mí e en su
secreto te me encargó e me dixo sin otro testigo,
sino aquel, que es testigo de todas las obras e
pensamientos e los coraçones e entrañas escu-
driña, al qual puso entre él e mí, que te buscas-
se e allegasse e abrigasse e, quando de compli-
da edad fueses, tal que en tu viuir [100] supie-
ses tener manera e forma, te descubriesse
adonde dexó encerrada tal copia de oro e plata,
que basta más que la renta de tu amo Calisto. E