La Celestina

La Celestina

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tad, en mi ánimo, en mi consejo, a quien tus

padres te remetieron? E yo, assí como verdade-

ra madre tuya, te digo, so las malediciones, que

tus padres te pusieron, si me fuesses inobedien-

te, que por el presente sufras e siruas a este tu

amo, que procuraste, hasta en ello hauer otro

consejo mio. Pero no con necia lealtad, propo-

niendo firmeza sobre lo mouible, como son

estos señores deste tiempo. E tú gana amigos,

que es cosa durable. Ten con ellos constancia.

No viuas en flores. Dexa los vanos prometi-

mientos de los [102] señores, los cuales des-

hechan la substancia de sus siruientes con hue-

cos e vanos prometimientos. Como la sangui-

juela saca la sangre, desagradescen, injurian,

oluidan seruicios, niegan galardón.

¡Guay de quien en palacio enuejece! Como se

escriue de la probática piscina, que de ciento

que entrauan, sanaua vno. Estos señores deste

tiempo más aman a sí, que a los suyos. E no

yerran. Los suyos ygualmente lo deuen hazer.

Perdidas son las mercedes, las magnificencias,

los actos nobles. Cada vno destos catiua e mez-

quinamente procuran su interesse con los su-

yos. Pues aquellos no deuen menos hazer, co-

mo sean en facultades menores, sino viuir a su


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