La Celestina
La Celestina ley. Dígolo, fijo Pármeno, porque este tu amo,
como dizen, me parece rompenecios: de todos
se quiere seruir sin merced. Mira bien, créeme.
En su casa cobra amigos, que es el mayor [103]
precio mundano. Que con él no pienses tener
amistad, como por la diferencia de los estados o
condiciones pocas vezes contezca. Caso es ofre-
cido, como sabes, en que todos medremos e tú
por el presente te remedies. Que lo al, que te he
dicho, guardado te está a su tiempo. E mucho
te aprouecharás siendo amigo de Sempronio.
PÁRMENO.- Celestina, todo tremo en oyrte.
No sé qué haga, perplexo estó. Por vna parte
téngote por madre; por otra a Calisto por amo.
Riqueza desseo; pero quien torpemente sube a
lo alto, más ayna cae que subió. No quería bie-
nes malganados.
CELESTINA.- Yo sí. A tuerto o a derecho,
nuestra casa hasta el techo.
PÁRMENO.- Pues yo con ellos no viuiría con-
tento e tengo por onesta cosa la pobreza alegre.
E avn mas te digo, que no los que poco tienen
son pobres; mas los que mucho dessean. E por
esto, avnque más digas, no te creo en esta parte.
Querría passar la vida sin embidia, los yermos
[104] e aspereza sin temor, el sueño, sin sobre-
salto, las injurias con respuesta, las fuerças sin