La Celestina
La Celestina aquella señora en el primer trance de tus amo-
res.
CALISTO.- ¿Como?, simple. ¿No sabes que
aliuia la pena llorar la causa? ¿Quanto es dulce
a los tristes quexar su passión? ¿Quanto des-
canso traen consigo los quebrantados sospiros?
¿Quanto relieuan e disminuyen los lagrimosos
[117] gemidos el dolor? Quantos escriuieron
consuelos no dizen otra cosa.
SEMPRONIO.- Lee mas adelante, buelue la
hoja: fallarás que dizen que fiar en lo temporal
e buscar materia de tristeza, que es ygual géne-
ro de locura. E aquel Macías, ydolo de los
amantes, [118] del oluido porque le oluidaua, se
quexava. En el contemplar está la pena de
amor, en el oluidar el descanso. Huye de tirar
cozes al aguijón. Finge alegría e consuelo e ser-
lo ha. Que muchas vezes la opinión trae las
cosas donde quiere, no para que mude la ver-
dad; pero [119] para moderar nuestro sentido e
regir nuestro juyzio.
CALISTO.- Sempronio amigo, pues tanto
sientes mi soledad, llama a Pármeno e quedará
comigo e de aquí adelante sey, como sueles,
leal, que en el seruicio del criado está el galar-
dón del señor.
PÁRMENO.- Aquí estoy señor.