La Celestina
La Celestina CALISTO.- Yo no, pues no te veya. No te par-
tas della, Sempronio, ni me oluides a mí e ve
con Dios.
CALISTO.- Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo
que oy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea
alta, Celestina sabia e buena maestra destos
negocios. No podemos errar. Tú me la has
aprouado con toda tu enemistad. Yo te creo.
Que tanta es la fuerça de la verdad, que las len-
guas de los enemigos trae a sí. Assí que, pues
ella es tal, mas quiero dar a ésta cient monedas,
que a otra cinco. [120]
PÁRMENO.- ¿Ya lloras? ¡Duelos tenemos!
¡En ella se haurán de ayunar estas franquezas!
CALISTO.- Pues pido tu parecer, seyme
agradable, Pármeno. No abaxes la cabeça al
responder. Mas como la embidia es triste, la
tristeza sin lengua, puede más contigo su vo-
luntad, que mi temor. ¿Qué dixiste, enojoso?
PÁRMENO.- Digo, señor, que yrían mejor
empleadas tus franquezas en presentes e serui-
cios a Melibea, que no dar dineros aquella, que
yo me conozco e, lo que peor es, fazerte su ca-
tiuo.
CALISTO.- ¿Cómo, loco, su catiuo?
PÁRMENO.- Porque a quien dizes el secreto,