La Celestina
La Celestina consejo e, si alguno se le diere, tal que no aparte
ni [123]desgozne lo que sin las entrañas no po-
drá despegarse. Sempronio temió su yda e tu
quedada. Yo quíselo todo e assí me padezco su
absencia e tu presencia. Valiera más solo, que
malacompañado.
PÁRMENO.- Señor, flaca es la fidelidad, que
temor de pena la conuierte en lisonja, mayor-
mente con señor, a quien dolor o afición priua e
tiene ageno de su natural juyzio. Quitarse ha el
velo de la ceguedad, passarán estos momentá-
neos fuegos: conoscerás mis agras palabra sser
mejores para matar este fuerte cancre, que las
blandas de Sempronio, que lo ceuan, atizan tu
fuego, abiuan tu amor, encienden tu llama,
añaden astillas, que tenga que gastar fasta po-
nerte en la sepultura.
CALISTO.- ¡Calla, calla, perdido! Estó yo pe-
nado e tú filosofando. No te espero mas. Sa-
quen vn cauallo. Límpienle mucho. Aprieten
bien la cincha. [124] ¡Por si passare por casa de
mi señora e mi Dios!
PÁRMENO.- ¡Moços! ¿No ay moço en casa?
Yo me lo hauré de hazer, que a peor vernemos
desta vez que ser moços d' espuelas. ¡Andar!,
¡passe! Mal me quieren mis comadres, etc. ¿Re-
hinchays, don cauallo? ¿No basta vn celoso en