La Celestina
La Celestina que con las lisonjas que dize a su amo; cómo
viuiría siempre pobre e baldonado, sino mu-
daua el consejo; que no se hiziesse sancto a tal
perra vieja como yo; acordele quien era su ma-
dre, porque no menospreciase mi oficio; porque
queriendo de mí dezir mal, tropeçasse primero
en ella.
SEMPRONIO.- ¿Tantos días ha que le conos-
ces, madre?
CELESTINA.- Aquí está Celestina, que le vi-
do nascer e le ayudó a criar. Su madre e yo, vña
e carne. Della aprendí todo lo mejor, que sé de
mi oficio. Juntas comíamos, juntas dormíamos,
juntas auíamos nuestros solazes, nuestros pla-
zeres, nuestros consejos e conciertos. En casa e
fuera, como dos hermanas. Nunca blanca gané
en que no touiesse su meytad. Pero no viuía yo
[135] engañada, si mi fortuna quisiera que ella
me durara. ¡O muerte, muerte! ¡A quantos
priuas de agradable compañía! ¡A quantos des-
consuela tu enojosa visitación! Por vno, que
comes con tiempo, cortas mil en agraz. Que
siendo ella viua, no fueran estos mis passos
desacompañados. ¡Buen siglo aya, que leal
amiga e buena compañera me fue! Que jamás me
dexó hazer cosa en mi cabo, estando ella presente. Si