La Celestina

La Celestina

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yo traya el pan, ella la carne. Si yo ponía la mesa,

ella los manteles. No loca, no fantástica ni presump-

tuosa, como las de agora. En mi ánima, descubierta

se yua hasta el cabo de la ciudad con su jarro en la

mano, que en todo el camino no oya peor de: Señora

Claudina. E aosadas que otra conoscía peor el vino e

qualquier mercaduría. Quando, pensaua que no era

llegada, era de buelta. Allá la combidauan, según el

amor todos le tenían. Que jamas boluía sin ocho o

diez [136]gostaduras, vn açumbre en el jarro e otro

en el cuerpo. Ansí le fiauan dos o tres arrobas en

vezes, como sobre vna taça de plata. Su palabra era

prenda de oro en quantos bodegones auía. Si yuamos

por la calle, donde quiera que ouiessemos sed, en-

tráuamos en la primera tauerna y luego mandaua

echar medio açumbre para mojar la boca. Mas a mi

cargo que no te quitaron la toca por ello, sino quanto

la rayauan en su taja, e andar adelante. Si tal fuesse

agora su hijo, a mi cargo que tu amo quedasse

sin pluma e nosotros sin quexa. Pero yo lo haré

de mi fierro, si viuo; yo le contaré en el número

de los míos.


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