La Celestina
La Celestina SEMPRONIO.- ¿Cómo has pensado hazerlo,
que es un traydor?
CELESTINA.- A esse tal dos aleuosos. Harele
auer a [137] Areusa. Será de los nuestros. Dar-
nos ha lugar a tender las redes sin embaraço,
por aquellas doblas de Calisto.
SEMPRONIO.- ¿Pues crees que podrás alcan-
çar algo de Melibea? ¿Ay algún buen ramo?
CELESTINA.- No ay çurujano, que a la pri-
mera cura juzgue la herida. Lo que yo al pre-
sente veo te diré. Melibea es hermosa, Calisto
loco e franco. Ni a él penará gastar ni a mí an-
dar. ¡Bulla moneda e dure el pleyto lo que du-
rare! Todo lo puede el dinero: las peñas que-
branta, los ríos passa en seco. No ay lugar tan
alto, que vn asno cargado de oro no le suba. Su
desatino e ardor basta para perder a sí e ganar a
nosotros. Esto he sentido, esto he calado, esto sé
dél e della, esto es lo que nos ha de aprouechar.
A casa voy de Pleberio. Quédate adiós. Que,
avnque esté braua Melibea, no es ésta, si a Dios
ha plazido, la primera a quien yo he hecho per-
der [138] el cacarear. Coxquillosicas son todas;
mas, después que vna vez consienten la silla en
el enués del lomo, nunca querrían folgar. Por
ellas queda el campo. Muertas sí; cansadas no.
Si de noche caminan, nunca querrían que ama-