La Celestina
La Celestina neciesse: maldizen los gallos porque anuncian
el día e el relox porque da tan apriessa. Requie-
ren las cabrillas e el norte, haziéndose estrelleras. Ya
quando veen salir el luzero del alua, quiéreseles salir
el alma: su claridad les escuresce el coraçón. Cami-
no es, hijo, que nunca me harté de andar. Nun-
ca me vi cansada. E avn assí, vieja como soy,
sabe Dios mi buen desseo. ¡Quanto más estas
que hieruen sin fuego! Catiuanse del primer
abraço, ruegan a quien rogó, penan por el pe-
nado, házense sieruas de quien eran señoras,
dexan el mando e son mandadas, rompen pa-
redes, abren ventanas, fingen enfermedades, a
los cherriadores quicios de las puertas hazen
con azeytes vsar su oficio sin ruydo. No te sa-
bré dezir lo mucho que obra en ellas aquel dul-
çor, que les queda de los primeros besos de
quien [139] aman. Son enemigas del medio;
contino están posadas en los estremos.
SEMPRONIO.- No te entiendo essos térmi-
nos, madre.
CELESTINA.- Digo que la muger o ama mu-
cho aquel de quien es requerida o le tiene
grande odio. Assí que, si al querer, despiden,