La Celestina

La Celestina

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no pueden tener las riendas al desamor. E con

esto, que sé cierto, voy más consolada a casa de

Melibea, que si en la mano la touiesse. Porque

sé que, avnque al presente la ruegue, al fin me

ha de rogar; avnque al principio me amenaze,

al cabo me ha de halagar. Aquí lleuo vn poco

de hilado en esta mi faltriquera, con otros apa-

rejos, que comigo siempre traygo, para tener

causa de entrar, donde mucho no soy conocida,

la primera vez: assí como gorgueras, garuines,

franjas, rodeos, tenazuelas, alcohol, aluayalde e

solimán, hasta agujas e alfileres. Que tal ay, que

tal quiere. Porque donde me tomare la boz, me

halle [140] apercebida para les echar ceuo o

requerir de la primera vista.

SEMPRONIO.- Madre, mira bien lo que

hazes. Porque, cuando el principio se yerra, no

puede seguirse buen fin. Piensa en su padre,

que es noble e esforçado, su madre celosa e

braua, tú la misma sospecha. Melibea es vnica a

ellos: faltándoles ella, fáltales todo el bien. En

pensallo tiemblo, no vayas por lana e vengas

sin pluma.

CELESTINA.- ¿Sin pluma, fijo?

SEMPRONIO.- O emplumada, madre, que es

peor.

CELESTINA.- ¡Alahé, en malora a ti he yo


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