La Celestina
La Celestina rencia, es su nombre.
ALISA.- ¡Hy!, ¡hy!, ¡hy! ¡Mala landre te mate,
si de risa puedo estar, viendo el desamor que
deues de tener a essa vieja, que su nombre has
vergüença nombrar! Ya me voy recordando
della. ¡Vna buena pieça! No me digas más. Algo
me verná a pedir. Di que suba.
LUCRECIA.- Sube, tÃa.
CELESTINA.- Señora buena, la gracia de Dios
sea contigo e con la noble hija. Mis passiones e
enfermedades han impedido mi visitar tu casa,
como era razón; mas Dios conoce mis limpias
[162] entrañas, mi verdadero amor, que la dis-
tancia de las moradas no despega el querer de
los coraçones. Assà que lo que mucho desseé, la
necessidad me lo ha hecho complir. Con mis
fortunas aduersas otras, me sobreuino mengua
de dinero. No supe mejor remedio que vender
vn poco de hilado, que para vnas toquillas tenÃa
allegado. Supe de tu criada que tenÃas dello
necessidad. Avnque pobre e no de la merced de
Dios, veslo aquÃ, si dello e de mà te quieres se-
ruir.
ALISA.- Vezina honrrada, tu razón e ofreci-
miento me mueuen a compassión e tanto, que
quisiera cierto mas hallarme en tiempo de po-
der complir tu falta, que menguar tu tela. Lo