La Celestina

La Celestina

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ALISA.- Dolor de costado e tal que, según del

moço supe que quedaua, temo no sea mortal.

Ruega tú, vezina, por amor mío, en tus deuo-

ciones por su salud a Dios. [164]

CELESTINA.- Yo te prometo, señora, en yen-

do de aquí, me vaya por essos monesterios,

donde tengo frayles deuotos míos, e les dé el

mismo cargo, que tú me das. E demás desto,

ante que me desayune, dé quatro bueltas a mis

cuentas.

ALISA.- Pues, Melibea, contenta a la vezina

en todo lo que razón fuere darle por el hilado. E

tú, madre, perdóname, que otro día se verná en

que más nos veamos.

CELESTINA.- Señora, el perdón sobraría

donde el yerro falta. De Dios seas perdonada,

que buena compañía me queda. Dios la dexe

gozar su noble juuentud e florida mocedad, que

es el tiempo en que más plazeres e mayores

deleytes se alcançarán. Que, a la mi fe, la vejez

no es sino mesón de enfermedades, posada de

pensamientos, amiga de renzillas, congoxa con-

tinua, llaga incurable, manzilla de lo passado,

pena de lo presente, cuydado triste de lo por

venir, vezina de la muerte, choça sin rama, que

[165] se llueue por cada parte, cayado de mim-

bre, que con poca carga se doblega.


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