Carta a un rehen
Carta a un rehen YO, pues, me decía: «Lo esencial es que en alguna parte permanezca aquello de lo cual se ha vivido. Y las costumbres. Y la fiesta de la familia. Y la casa de los recuerdos. Lo esencial es vivir para el regreso…». Y me sentía amenazado en mi subsistencia misma por la fragilidad de los polos lejanos de los que dependía. Corría el riesgo de conocer un verdadero desierto, y comenzaba a comprender un misterio que me había intrigado por mucho tiempo.
Viví tres años en el Sahara. Soñé, también yo, después de tantos otros, con su magia. Cualquiera que haya conocido la vida en el Sahara, donde aparentemente todo es mera soledad y desamparo, llora aquellos años, a pesar de todo, como los más hermosos que ha vivido. Las palabras «nostalgia de la arena, nostalgia de la soledad, nostalgia del espacio» sólo son formulas literarias y no explican nada. Pero ahora, a bordo de un paquebote hormigueante de pasajeros hacinados unos contra otros, me pareció que por primera vez comprendía el desierto.
