Ciudadela

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Lo mismo respecto a la virtud. Mis generales con su sólida estupidez venían a hablarme de la virtud:

—He aquí -me decían- que sus costumbres se corrompen. Y es porque el imperio se descompone. Importa endurecer las leyes e inventar sanciones más crueles. Y cortar las cabezas de los que incurren en falta.

Pero yo meditaba:

—Importa quizá, en efecto, cortar cabezas. Pero la virtud es antes que nada una consecuencia. La podredumbre es ante todo podredumbre del imperio que crea a los hombres. Porque si estuviera vivo y sano exaltaría su nobleza.

Y me acordaba de las palabras de mi padre:

—La virtud es perfección en el estado de hombre y no ausencia de defectos. Si quiero construir una ciudad, tomo el hampa y la canalla y las ennoblezco con el poder. Les ofrezco otras embriagueces distintas a la embriaguez mediocre de la rapiña, de la usura o el estupor. He aquí que construyen con sus brazos raquíticos. Su orgullo se transforma en torres y templos y murallas. Su crueldad se convierte en grandeza y rigor de la disciplina. Y he aquí que sirven a una ciudad nacida de ellos mismos y en la cual se han cambiado en sus corazones. Y morirán en sus murallas para salvarla. Y no descubrirán en ellos más que virtudes esplendorosas.


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