Ciudadela
Ciudadela Mis generales, con su sólida estupidez, me fatigaban con sus demostraciones. Porque, reunidos como en congreso, disputaban sobre el porvenir. Y así era como deseaban volverse hábiles. Porque se les había enseñado la historia antes que nada y conocían una por una todas las fechas de mis conquistas y todas las fechas de mis derrotas y todos los nacimientos y las muertes. De tal suerte les parecía evidente que los acontecimientos se dedujeran los unos de los otros. Y veían la historia del hombre como una larga cadena de causas y de consecuencias que nacía en la primera línea del libro de historia y se prolongaba hasta el capítulo donde se anotaba para las generaciones futuras que la creación había así felizmente desembocado en esta constelación de generales. Así, luego de tomar largo aliento, de consecuencia en consecuencia, demostraban el porvenir. O bien se me presentaban cargados con sus pesadas demostraciones: «Así debes actuar para la felicidad de los hombres o para la paz, para la prosperidad del imperio. Somos sabios -decían-, hemos estudiado la historia…».