Ciudadela
Ciudadela De este modo conocí los límites de mi imperio. Pero esos límites lo expresaban ya, porque amo sólo lo que se resiste. El árbol o el hombre en primer término, pues es lo que primero resiste. Y por esto comparaba a cubiertas de cofres vacíos esos bajos relieves de bailarinas obstinadas que fueron máscaras cuando cubrían la obstinación y el bullicio interior de la poesía, hija de los litigios. Amo a quien se manifiesta por su resistencia, se cierra y calla, al que se mantiene y con los labios pegados en los suplicios, al que resiste a los suplicios y al amor. Aquel que prefiere y que es injusto no amar. Tú, como una torre temible, y que jamás será tomada…
Porque detesto la facilidad y no es hombre quien no se opone. Sino hormiguero donde Dios ya no se inscribe. Hombre sin levadura. Y he aquí el milagro que se me mostró en mi prisión. Más fuerte que tú, que yo, que todos nosotros, que mis carceleros y mis puentes levadizos y que mis murallas. He aquí, pues, el enigma que me atormentaba, el mismo del amor, cuando, desnuda, la tenía sumisa. Grandeza del hombre y sin embargo, su pequeñez, porque lo sé grande en la fe y no en el orgullo de su rebeldía.