Ciudadela
Ciudadela Generación transitoria, depositaria de un temple que quizá no sabes ver, carente de perspectiva, pero que crea la extensión de tu corazón y el resonar de tus palabras y los grandes fuegos interiores de tus alegrías: a través de ti salvaré al templo. ¿Qué importa pues el círculo de guerreros de hierro?
Se me ha apodado el justo. Lo soy. Si he vertido sangre ha sido no para establecer mi dureza, sino mi clemencia. Porque al que ahora me besa de rodillas puedo bendecirlo. Y se enriquece con mi bendición Y se marcha en paz. Pero el que duda de mi fuerza ¿qué gana con ello? Si levanto los dedos sobre él, vertiendo la miel de mi sonrisa, no lo sabe para recibirla. Y se marcha pobre. Porque no lo enriquece en su soledad venidera gritar: «Yo, yo, yo…»; para lo que no hay respuesta. Si me arrojaran desde lo alto de las murallas, no sería yo lo que les faltaría en un principio, sino la dulzura de ser hijos. Sino el apaciguamiento de ser bendecidos. Sino al agua pura sobre el corazón al ser perdonados. Sino el refugio, sino la significación, sino el gran manto del pastor. Que se arrodillen para que pueda parecerles bello, que me honren en mi grandeza para que pueda engrandecerlos. ¿Quién habla aquí de mí?