Ciudadela
Ciudadela EnvĂo a mis prisioneros a romper piedras. Y las rompen y están vacĂas. Pero si construyes tu casa, Âżcrees romper las mismas piedras? TĂş construyes el muro de una casa y tus gestos son, no un castigo, sino un cántico.
Pues basta para ver claro cambiar de perspectiva. Por cierto, hallas enriquecido al que en el instante de la muerte es salvado y vive un poco más. Pero si cambias de montaña y consideras su destino hecho, y ya anudado como una gavilla, lo hallarás más dichoso con una muerte que haya tenido un sentido.
AsĂ, aun de los que he hecho coger una noche de guerra a fin que me denunciaran los proyectos de mi enemigo.
—Soy el jefe entre los mĂos -me dijo-, y tus verdugos nada pueden contra esto…
Hubiera podido aplastarlo bajo una muela sin hacer brotar el aceite del secreto; porque era de su imperio.
—Pobre eres -le decĂa yo- y estás a mi merced.
Pero reĂa de oĂrme llamarle pobre. Porque no podĂa separar de Ă©l el bien que poseĂa.
He aquĂ pues el sentido del aprendizaje. Porque tus riquezas verdaderas no son objetos, que valdrĂan cuando los usas, como tu asno cuando la cabalgas o tus cubiertos cuando comes, pero que no tienen sentido una vez alineados. Ni cuando la fuerza de las cosas te separa, como la mujer que te limitas a desear sin amar.