Ciudadela

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Así también, me pareció cada más que no era necesario escuchar a los hombres, sino comprender. Porque allí, bajo mis ojos, en la ciudad, tienen poca conciencia de la ciudad. Se creen arquitectos, albañiles, gendarmes, sacerdotes, tejedores de lino, se creen tales de acuerdo a sus intereses o a su felicidad, y no sienten amor, lo mismo que no siente amor aquél que trabaja en la casa absorbido por las dificultades del día. El día es para las escenas matrimoniales. Mas en la noche, el que ha disputado reencuentra su amor. Porque el amor es más grande que ese viento de palabras. Y el hombre se acoda a la ventana bajo las estrellas, nuevamente responsable de los que duermen, del pan por ganar, del sueño de la esposa que está a su lado, tan frágil, delicado y pasajero. Al amor no se lo piensa: existe.

Pero esa voz no habla sino en el silencio. Y lo mismo que con tu casa, ocurre con la ciudad. Y lo mismo que con la ciudad, ocurre con el imperio. Se hace una calma extraordinaria, y alcanzas a ver dioses.

Y nadie sabrá, mientras viva, el día en que debe morir. Y le parecerán de mal patetismo las palabras que le hablen de la ciudad de otra manera que a través de su interés o de su felicidad, porque no sabrá que son efectos de la ciudad. Pequeño lenguaje para una cosa demasiado grande.


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