Ciudadela
Ciudadela Porque si miras oblicuamente la ciudad y reculas en el tiempo para contemplar su marcha, descubrirás claramente a través de la confusión, el egoísmo, la agitación de los hombres, la lenta y calma marcha del navío. Porque si vuelves después de algunos siglos a ver el surco que han dejado, lo descubrirás en los poemas, las esculturas de piedra, las reglas del conocimiento y los templos que emergen aún de la arena. Lo usual será borrado y fundido. Y lo que comprenderás que llamaban interés o gusto de la felicidad, no fue más que el reflejo de una cosa grande.
Habrá marchado el hombre que he dicho.
Así con mi ejército cuando acampa. Mañana por la mañana, en el horno del viento de arena, lo arrojaré contra el enemigo. Y correrá su sangre, y encontrará sus límites en la luz, y los golpes de sable aniquilarán mil felicidades particulares, frustrarán mil intereses. Sin embargo, mi ejército no conocerá la revuelta; porque su marcha no es la de un hombre, sino la del hombre mismo.
Sin embargo, sabiendo que mañana aceptará morir, si marcho esta noche en el silencio de mi amor por entre los templos y los fuegos del campamento, y si escucho hablar a los hombres, no oiré la voz de aquél que acepta la muerte.