Ciudadela

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—Tomaré la ciudad por asombro. Importa que los de la ciudad nos interroguen sobre algo.

Mis generales, prudentes por anteriores experiencias, si bien nada comprendían de mis palabras, hicieron diversos ruidos de asentimiento.

Me acordaba igualmente de una réplica que opuso un padre a algunos que le objetaban que los hombres, en las grandes cosas, no cedían sino a las grandes fuerzas.

—Por cierto -les había respondido. Pero no arriesgáis contradeciros, pues decís que una fuerza es grande cuando hace ceder a los fuertes. Así, pues, he aquí a un mercader vigoroso, arrogante y avaro. Transporta una fortuna en diamantes, los cuales están cosidos en su cinturón. Y he aquí un jorobado miserable, pobre y prudente, que no es conocido del mercader, habla otra lengua distinta a la suya y desea, sin embargo, apropiarse de las piedras. ¿No ves dónde se aloja la fuerza de que dispone?

—No lo vemos -dijeron los otros.

—Sin embargo -prosiguió mi padre-, el miserable, luego de abordar al grande, lo invita, como hace calor, a compartir su té. Y nada arriesgas cuando llevas piedras cosidas en tu cinturón en compartir el té de un jorobado miserable.

—Ciertamente, nada -dijeron los otros.


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