Ciudadela
Ciudadela —Y sin embargo, a la hora de separarse, el jorobado se lleva las piedras y el mercader revienta de rabia, amordazado hasta en sus puños por la danza que le ha danzado.
—¿Qué danza? -interrogaron los otros.
—La de los dados tallados en hueso -respondió mi padre.
Después les explico:
—Sucede que el juego es más fuerte que el objeto del juego. Tú, general, gobiernas diez mil soldados. Son todos solidarios unos con otros. Y sin embargo, los envías a arrojarse mutuamente en prisión. Porque no vives de las cosas, sino del sentido de las cosas. Cuando el sentido de los diamantes fue ser caución de los dados, se deslizaron en el bolsillo del jorobado.
Sin embargo, los generales que me rodean se enardecieron:
—Pero ¿cómo llegarás a los de la ciudad, si rehúsan escucharte?
—He aquí que tu amor de las palabras te hace hacer un ruido estéril. Si pueden a veces rehusarse a escuchar, ¿dónde ves que los hombres puedan rehusarse a oír?
—¡Aquél que busco ganar para mi causa puede hacerse sordo a la tentación de mis promesas si es lo suficiente sólido de corazón!