Piloto de guerra
Piloto de guerra —Hace cuatro dÃas que estamos de viaje.
Pues la carretera es un rÃo imperioso. ¿En dónde pararse? Los pueblos, que barren uno tras otro, se vacÃan por sà mismos como si a su vez reventaran en el sumidero común.
—No, no hay médico. El del Grupo está a veinte kilómetros.
—¡Ah!, bueno.
El hombre se seca la cara. Todo se descompone. Su mujer da a luz en medio de la calle, entre las baterÃas de cocina. Nada de todo esto es cruel. Es primeramente, y ante todo, monstruosamente fuera de lo humano. Nadie se queja, las quejas no tienen ya significado. Su mujer va a morir, no se queja. Asà es. Se trata de un mal sueño.
Si al menos pudiera uno pararse en algún lado.
Encontrar en algún lado un pueblo verdadero una verdadera hosterÃa, un verdadero hospital… pero se evacúan también los hospitales. ¡Dios sabe por qué! Es una regla de juego. No hay tiempo para reinventar reglas. Encontrar en algún lado una verdadera muerte. Hay cuerpos que se estropean como los automóviles.